Concurso de relatos

 

 

 

 

II Concurso Colaborativo

Internacional de Microrrelatos

  

 

 

GANADOR:

 

Cosas reales

Christine Bouyssou

 

Antes de volver a casa, hace fotos de ventanas, de cosas reales y cotidianas: una joven bostezando en su habitación, un matrimonio discutiendo, un hombre que fuma delante del televisor. Parecen Hoppers, se dice, orgulloso.

Después recorta su propia silueta en las fotos de la boda, recuerdos de familia, vacaciones en Tenerife, y se pega donde ve que encaja: sustituye al marido enfadado; se coloca en el sofá, fumando.

Cuando por fin se acuesta, aún sigue el bulto, como una espina dorsal, en el centro del colchón. Es cuestión de tiempo, se dice. Y abraza a la joven que bosteza.

 

 

ACCÉSITS:

 

Sic transit gloria mundi

Ricardo Álamo

 

El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre; el intenso olor a tabaco; la botella de ginebra medio vacía; el libro de Cernuda tirado en el suelo; la foto de su boda partida en dos; la luz difusa de una lámpara de mesa; la tele apagada, sin vida…

El niño siente un enorme desasosiego. Con casi aprensión o asco, se acerca más al cuerpo rígido de su padre. Primero le toca las medias rojas de seda. Luego, haciendo un ligero escorzo, mira por debajo de la minifalda que lleva puesta.

 

 

Memoria prodigiosa

Paz Monserrat

http://pazmonserratrevillo.blogspot.com.es/

 

Todavía me alteran los portazos. Recuerdo la escena con total claridad: el aullido saliendo de su boca asimétrica, mamá corriendo para abrir la puerta, el color violeta de ese dedo transformado en lombriz, la marca de viruela en el brazo tembloroso de mamá, los cubitos de hielo envueltos en una bayeta… Hace más de veinte años que mi hermana se pilló el dedo en la puerta de la cocina. Aún conserva una muesca con textura de pergamino y forma de media luna alrededor de su meñique deformado.

Lo más curioso es que, según mi madre, yo no estaba allí.

 

 

El truco del conejo

Lorenzo David Rubio

http://utopiasyficciones.blogspot.com.es/

 

El público aplaude, entusiasmado, al ver al famoso mago aparecer en escena. El taumaturgo les dedica una reverencia, se quita la chistera y la muestra, vacía, al respetable. Le da dos toques con su varita e intenta sacar un conejo. Introduce una mano en ella, pero no encuentra el fondo. Sin escapatoria, su brazo es absorbido al instante, seguido del hombro, de la cabeza, del cuello, del tórax... así hasta que los espectadores observan cómo es engullido completamente por el sombrero de copa.

Mientras, en un lejano bosque, un conejo es ovacionado tras extraer a un mago de su madriguera.

 

 

 

FINALISTAS:

 

Taller de vidrio

Carlota Fernández

 

Aprendió, él solo, a trabajar el vidrio como nadie lo había hecho hasta entonces. Consiguió, tras mucho esfuerzo, dotarlo de las texturas más asombrosas, todas diferentes, todas extraordinarias. Rozar su cristal era tocar unas veces terciopelo, otras arena, o humo, o seda, o hierba mojada. Los mayores expertos del gremio se postraron a sus pies, y los coleccionistas más adinerados dilapidaron sus fortunas por un trozo de su arte. Pero jamás vi que ningún reconocimiento causara tanta satisfacción al maestro, viejo vidriero ciego, como poder acariciar con la yema de los dedos los colores singulares de su colección de canicas. 

 

 

La ofrenda

Asun Gárate

 

Al principio, solo lo miran, sin atreverse a tocarlo. Es el primer náufrago que llega a esa isla remota, un hombre esquelético aferrado a una tabla. Les parece digno de admiración y tan fascinante como la más hermosa de las sirenas. Hasta que, desilusionados, se ven obligados a reconocer que está prácticamente muerto.

Le quitan las algas enredadas en el pelo, lo asean, le ponen guirnaldas al cuello. Y devuelven su cuerpo al mar entonando cánticos funerarios, a cuyo reclamo acude una manada de voraces sirenas que capturan la presa y la arrastran a las profundidades.

 

 

Sorpresa en el sobre

Gustavo Lascurain

 

Abrí mi sobre sorpresa de un tirón. Me tocó una brigada británica de principios de siglo; el sargento Shaggy, su fiel cabo y seis soldados rasos.

Durante las siguientes dos horas cortamos las comunicaciones del ejército Alemán y combatimos con valentía contra la fuerza aérea japonesa, una maraña de paracaidistas norteamericanos, una treintena de espartanos y arcadios, grupos de combate surcoreanos, la Legión francesa, los apaches, la marina española, la caballería de Napoleón y el ejército de mongoles frente a quienes definitivamente sucumbimos.

Mi hermano, con su sobre aún cerrado, se relamía con las infinitas posibilidades de su interminable ejército.

 

 

Pequeño e infantil recuerdo estival en una normal e insignificante villa marinera

José Ramón Gómez Buhigas 

 

Se agachaban con sigilo como tantas otras veces. Se arrastraban como reptiles para que nadie les viese, pero allí estábamos nosotros, en los balcones, con nuestras retinas infantiles de francotirador ruin, señalando con el dedo a aquella jauría venida a menos ya sin plata ni oro que vender, a aquellos niños bien que se escondían para robar tapacubos de automóviles, para quemarlos en un bidón de obra tan decrépito como ellos mismos, y respirar aquella combustión venenosa que les permitiría, otra vez, amanecer en el paraíso.

 

 

Sálvese quien pueda

Iván Pérez

 

Sonreí cuando pasaron. Eran tan graciosos. Venían de la biblioteca y parecían llevar tanta prisa. Había tres o cuatro. Luego aparecieron muchos más; miles, millones quizá. Es difícil de saber. Aquellos pequeños ratones de biblioteca chillaban como locos y pasaban despavoridos bajo mis piernas huyendo en todas direcciones. Sus minúsculos anteojos de latón brillaban bajo la luz de las farolas y algunos, los de bigotes canos, intentaban poner a salvo algunos clásicos de tapa dura arrastrándolos con sus patitas delanteras mientras miraban con urgencia a todos lados. Ya solo tuve tiempo de sentarme y contemplar impotente cómo se hundía todo. 

 

 

La muñeca que soñó que volaba

Adrián Pérez

http://unmaldiaparaelpezplatano.wordpress.com/

 

Regreso al cielo lentamente, dando vueltas como una veleta rota. Ha vuelto a pasar: ella llegó antes de tiempo y yo salí por la ventana. Esta vez ni siquiera pude aferrarme a una rama. Y ahora los coches menguan y se alejan sin despedirse las azoteas, como piezas desencajadas del gran rompecabezas. Una muñeca amiga me confesó una vez que un hombre la recogió de un contenedor y que la hizo feliz durante mucho tiempo. Así qué ¿por qué no puedo cruzarme yo, por ejemplo, con el paracaidista de mis sueños? Eso sí, que sea pronto: estoy empezando a arrugarme.