Talleres de Escritura

Diseñamos e impartimos talleres de escritura presenciales en la Comunidad de Madrid.

Seleccionamos los mejores relatos de los asistentes y los publicamos aquí.

En el espejo

Cinta Rosa Guil Redondo

Biblioteca Pública Central. Móstoles. 1T 2016

 

La madrugada castiga a Madrid con medio metro de nieve. Las paradas de  autobuses, aún vacías, emergen de un barro grisáceo, como un escupitajo que se extiende por el asfalto. Las luces se baten con la penumbra. Llegan, poco a poco, los trazos claros del amanecer.

En Cuatro Caminos, Teresa sube las escaleras del sótano, aún aturdida por el ronquido de los ordenadores, esclavos que no paran.

El cuello de su abrigo marrón le llega hasta los ojos. El pañuelo, bien apretado en la cabeza, no logra parar la puñalada del frío en sus oídos.

El cansancio es una pared por la que se arrastra hasta llegar a  los charcos de la marquesina. Está a punto de salir el primer circular que la lleva hasta Narváez. Cada día, ese autobús le parece un barco azul que la rescata de su esfuerzo nocturno.

“Ya no soy una niña”, piensa, mientras sus piernas entumecidas suben lentamente los escalones del vehículo.

Toma asiento y se mira en el cristal, todavía oscuro. Las patas de gallo,  los mechones rebeldes la saludan.

“Poco, ya queda poco”, parecen decirle.

Al entrar en su casa, el calor la recibe como el abrazo de alguien conocido, inesperado y reconfortante.

Un vaso de leche caliente, el edredón que la acoge y Teresa se hunde en el vacío, dejándose invadir por el rostro de quien no está a su lado.

Al primer toque musical que la despierta a diario,  salta como un resorte,  y echa  toda la ropa de la cama hacia atrás.

Con paso inseguro y los ojos medio cerrados, llega ante el espejo del cuarto de baño.

“Soy una hormiga, decididamente, me faltan las antenas”.

Mueve el cuello de un lado para otro, despeja la frente del pelo canoso, y se libera  del pijama. El sueño, por fin, la abandona, gracias al contacto del agua de la ducha.

Otra mirada al espejo, envuelta ya en el albornoz. El sol  entra por la ventana.

 

“Me parece que esta hormiga no está tan mal. Un toque aquí y allá, y plaf, soy una hormiga voladora.”

Se sienta delante del ordenador y escribe: “Soy la que se mete en aventuras, la que hace de  su casa un avión que la lleva al desierto, soy la que se pierde en medio de la noche, esperando su llamada, soy la que se enfrenta a lo que no conoce, la que se pregunta: ¿cuánto va a durar esto?”.

Repentinamente, la llamada  del móvil la arrastra, a toda velocidad, hasta la mesa del salón. Una zapatilla se queda enredada en el filo de la alfombra.

La imagen del WhatsApp desencadena el temblor en todos sus dedos, la imagen que falta en el espejo,  que no cubre el hueco en su cama. Teresa le reprocha, algunas  veces, en esas conversaciones a salto de mata:

- Los días sin tener noticias tuyas, han sido verdaderas piedras, amontonándose a mi alrededor como muros infranqueables. ¿No puedes hacer algo, amor, para romperlas?

Él se ríe:

-Mis explosivos no llegan tan lejos, cariño. Me doy por contento si aquí nos cargamos las del desierto.

Teresa siente entonces que sus dedos, escribiendo, las destruyen a todas, las convierte en polvo.

“Soy tan feliz”, escribe una y otra vez .El tiempo se convierte en un cohete, porque la conversación se interrumpe por minutos. Arabia aparece como un monstruo lejano, que se alimenta de los silencios que la desesperan.

Él  no cuenta nada, pero ella sabe del calor, de los turnos de doce horas en el desierto, de las normas rígidas, del aislamiento.

-Ponte en el Messenger. Quiero verte. No hay día que no piense en ti. - Y entonces, ella puede oírlo. Ver  sus ojos marrones, que la miran con pasión. Pero no pueden compararse a su voz, que es como un hilo invisible que la ata, día a día, a su nombre, a su recuerdo, a las palabras que él tan bien saber decir, para calmarla, para convencerla de su regreso cercano.

-¿Te tratan bien? ¿Y la comida? “ ¿Y el alojamiento?”.-  La voz de Teresa acompaña el tamborileo de los dedos de su mano derecha, audible por momento y otros, tan baja, que Juan pide que hable más alto……

-Todo bien, todo bien--, insiste él. No quiere que entre ellos haya cansancio, kilómetros, soledad.

En ese momento, Teresa sabe bien que ella es la única verdad para él.

-Soy tan  tan feliz, cariño, por verte, aunque no pueda tocarte.- Y la mano de él se extiende, con un gesto que ella conoce de sobra, ese gesto que la llena de bienestar… aunque la trampa de la distancia se impone. De algún lugar de Teresa, surge la alianza de un pensamiento inesperado.

“No soy una hormiga” piensa ella. “Soy la que hace que él sobrelleve la tarea, la lejanía, sin nadie al lado con quien poder hablar”.

Entonces sonríe, se pasa el dedo por la boca,  llena de la verdad de su vida, y le envía besos.

- Todos estos son para que los repartas como quieras. Te prometo que nos desquitaremos en Semana Santa. Cuídate, cuídate, tienes ojeras.

Cuando parece que él va a contestar a este chorro de frases y palabras, la pantalla emite: “Juan no está conectado”. Teresa, de nuevo, escribe, creyendo que será bueno que Juan lo lea cuando vuelva:

“Él que se va y regresa inesperadamente, él que me hace dormirme agarrada a su voz, él que me falta en la ducha… sí,  soy la más cobarde y la más valiente, porque estoy al filo de un vértigo que no sé controlar…”

Y cuando de nuevo, vuelve a mirarse al espejo, para maquillarse con cuidado y arreglar esa cabellera desordenada, hay un no sé qué de triunfo, algo de una fe rotunda que hace que el día haya perdido los ropajes oscuros de la noche anterior, y Madrid, en la calle, le sale al encuentro, vestido de blanco, reluciente y hermoso, como una piel de oso polar.

 

 

Cinta Rosa Guil Redondo es maestra, dedicando más de la mitad de su vida a la enseñanza de los más pequeños. Lectora  voraz y escritora que nada entre la poesía y el relato, participa actualmente en  el taller de escritura de la Biblioteca de Móstoles, en el taller de la palabra en Igualdad, voluntaria en el programa de alfabetización de mayores, todo ello en este municipio. Forma parte de la tertulia de Rascaman, en Madrid.

 

Todos tenemos defectos

Clara Martín

Biblioteca Pública Central. Móstoles. 1T 2016

 

Tengo un tic nervioso que me asalta todas las noches. Bueno, no todas, sino desde que comí ese langostino gigante en la boda de Mauricio, el cual se casaba con la bruja de mi ex mujer, nada menos. Debió de sentarme mal.

La primera vez me llevé un susto de muerte. Mi duermevela se vio asaltado por unos golpes bastante insistentes sobre mi pierna. Uno de los dedos de mi mano izquierda repiqueteaba sobre mi epidermis. El resto de la extremidad había caído muerta, excepto por ese espabilado que se rebelaba contra el sueño impuesto por sus hermanos. Fue tal la sorpresa que me caí de la cama.

La siguiente noche, el índice reptó por mi anatomía arrastrando en su deambular al resto de la mano para explorar nuevos horizontes. Decidió hacerse un hueco junto a la oreja de mi actual  mujer, que me despertó de un manotazo creyendo que era un mosquito.

Pero, ¡ay!, no era una treta para reanimar el amor conyugal, de lo que pronto se dio cuenta mi esposa cuando tres días después casi le meto el dedo en el ojo.

Antes de ser relegado al sillón del cuarto de la plancha, probé a atar todos con un sedal. Lo único conseguido, aparte de unos calambres horrorosos por falta de circulación, es que el tic se trasladara a la mano derecha para, cual alegre compás, hacer bailar todos los dedos al unísono, puede que añorando esa vez que quise ser pianista, aunque de los malos.

Unas noches más tarde, mi mujer me envolvió las dos manos con celofán, desechando mis temores ante una posible gangrena. En este caso, la energía acumulada se convirtió en una serie de espasmos que recorrieron mi cuerpo hasta ser liberados con una buena patada. Desafortunadamente su objetivo fue la espinilla de mi media naranja, que con un alarido tribal me pegó un codazo que me dejó el ojo morado.

Estos hábitos nocturnos no decrecieron ni tras la visita a la neuróloga, que lo achacó al estrés de mi trabajo, dedicado a poner sellos en todas las misivas enviadas por mi empresa a sus clientes. Por su parte, el psiquiatra que conocí después lo atribuyó a un reprimido deseo sexual de mi subconsciente, ansioso de señalar a mi consorte que ya era hora de avivar un poco nuestra relación, y nos mandó a un psicólogo, a hacer terapia de pareja.

Salimos de allí echando pestes sobre los matasanos de este país.

La curandera del quinto B nos dijo que tenía los chakras desequilibrados y que debería hacer Reiki más de seis meses para notar alguna mejoría. Por supuesto nos recomendó visitarla una vez por semana, previo pago de cuarenta y cinco euros la sesión. Mi sobrina, siempre muy rebelde, me dijo que ni terapia holística ni leches, si tenía estrés que hiciera algo emocionante para desfogarme.

Pensé en contárselo a Mauricio, recordando aquellos tiempos cuando jugábamos al futbol en las porterías cochambrosas de la escuela, pero, por mucho que me doliera, no deseaba detalle alguno de mi ex. Aún me escocía que ella, tras dejarme sin blanca, me hubiera despojado incluso de mis cromos del mundial de Naranjito.

Al final decidí seguir el consejo de mi familia. Siempre he sido muy tragón, y con estos antecedentes me embarqué en la tarea de apuntarme a un curso de cocina, único tratamiento que contó con el beneplácito de mi mujer, pues así podía ver las telenovelas por las tardes.

Descubrí que las lentejas a la Riojana y otras combinaciones estimulaban la actividad nocturna; me volvía más espático, por así decirlo, mientras que otros alimentos solo me daban gases, como las alcachofas en vinagre.

Tras unos cuantos experimentos fallidos, cuyos resultados no confesaré por vergüenza, averigüé que si tomaba cacahuetes con Coca-Cola después de cenar el índice se impacientaba menos; en vez de abrirse camino a base de arañazos se contentaba con sobar toda la piel a su alcance en busca de calor humano. Ya solo debía proteger a mi esposa de las agresiones que causaban mis garras.  

Antes de dormir resolví ponerme unas manoplas que mangué en casa de mi suegra, cuando estaba distraída depilándose el bigote en el cuarto de baño. El único problema era que pasaba mucho calor en verano, por lo que mi señora me hizo unas de ganchillo calado para favorecer la ventilación nocturna. Bueno, algo era algo.

El tiempo pasó y yo seguía sin contestar a las llamadas de Mauricio, el cual deseaba retomar el contacto. Un día recibí una nueva invitación de boda. Mauricio se había divorciado de mi ex mujer, tras recobrar el buen juicio, y se casaba de nuevo, esta vez con su secretaria, veinte años menor.

Como es obvio, fuimos a su boda.

Volví a zamparme el susodicho crustáceo, el cual terminé por vomitar media hora más tarde en un cuarto de baño muy pijo, acompañamiento musical incluido. Este desarreglo estomacal no impidió que en el convite Mauricio y yo termináramos a las dos de la mañana junto al mini bar. Allí estuvimos un buen rato coreando canciones obscenas, interrumpidas a menudo con anécdotas de nuestra juventud, para horror de los presentes que aún no se habían marchado a casa.

Aparentemente, era alérgico al langostino gallego o a cualquier mención a mi ex pareja, porque tras reconciliarme con Mauricio, después de abandonar a esa arpía, mi dedo no ha vuelto a sufrir de correteos nocturnos, para regocijo de mi santa esposa.

 

 

Clara Martín (Madrid, 1975). Ingeniera de Montes por la Universidad Politécnica de Madrid. Junto a su trabajo como consultora ambiental, gusta de escribir cuentos infantiles o de humor, como el que aquí se presenta.